jueves, 19 de noviembre de 2015

El inspector Giralt


Espejo. 
Elevó el cuello ligeramente y comprobó que la longitud de su barba, en parte canosa, en parte oscura, comenzaba a ser alarmante incluso para su gusto.
Mañana
Agua fría. Se restregó los ojos para despegarse las legañas. Espejo. Dos palmadas en el abdomen.
Estoy engordando
Sonó el teléfono. Se trataba de un ring clásico, como no podía ser de otro modo en una persona de clásica apariencia. Mientras sonaba, sin ninguna prisa, se puso una camiseta blanca que yacía sobre el sofá como si fuese un cadáver. Al enfundársela decidió que el suavizante con olor a jabón de Marsella era, sin discusión, la mejor compra del mes. El teléfono continuaba sonando.
Deslizó su mano derecha por su frente hasta toparse con las raíces de su cabello, y una vez dentro de aquella maraña, la sacó hacia fuera por la zona del flequillo, con la vaga intención de peinarse. No surtió efecto, —el teléfono sonaba— pero al menos el pelo ya no estaba aplastado contra la cabeza, ya no parecía tan sucio. Sobre el sofá estaba también su chaqueta. Se miró de nuevo al espejo. Era sorprendente lo bien que le quedaba esa chaqueta negra —el teléfono continuaba sonando— sobre cualquier cosa, incluso sobre esa camiseta arrugada.
—Estaba saliendo —dijo finalmente al descolgar el auricular.
—Sí, seguro.
La voz del subinspector Gabriel Pérez era inconfundible.
—¿No empezaban hoy mis vacaciones?
—Todavía te quedan dos días en el infierno, y digo infierno porque ayer a última hora se rompió el aire acondicionado —cuando Gabriel Pérez hablaba, una extraña mezcla de seriedad y levedad flotaba en el ambiente.
—Voy ya.

—Tómate tu tiempo, llegas dos horas tarde.

Entró a la cocina para ver si las llaves estaban por ahí, pero no las encontró. Descubrió que desde la noche anterior, dormían debajo de una bolsa de patatas fritas vacía que desde hacía dos días se paseaba por aquel salón como un alma en pena, deseando ser juzgada por fin, y consecuentemente llevada al cubo de la basura. Sintió asco de sí mismo al comprobar que su apartamento volvía a ser un desastre. La limpieza del mes pasado era ya solo un vago recuerdo. Decidió que al regresar del trabajo recogería todo un poco. No lo hizo.

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La pieza invisible / Editorial Círculo Rojo
Ebook / Casa del Libro




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