jueves, 19 de noviembre de 2015

Un breve extracto de 'Donde lloran los demonios' (La segunda novela de César Giralt)

 Intentaba correr todo lo que podía, pero por mucho que se esforzase, parecía que aquella sombra le estaba recortando distancia a pasos agigantados. Dobló la esquina sin mirar atrás, y encontró de frente una valla metálica, algo más alta que él. Comenzó a treparla, agarrándose a ella como si le fuese la vida en ello. Cuando lo logró, se dio cuenta de que al otro lado había un gigantesco prado verde, regentado por un lago cristalino que aguardaba completamente calmado. A su espalda oyó el chirrido metálico de la valla, que estaba siendo trepada por su perseguidor. Continuó corriendo con frenesí hacia el lago. Las hojas, que eran verdes como el prado, comenzaron a ponerse amarillas, y luego marrones. Caían de los árboles empujadas por el gélido viento de la mañana, formando pequeños tornados que se enredaban en sus pies mientras se dirigía como un resorte hacia el lago. Para cuando llegó, el lago ya estaba completamente helado. Oteó el horizonte y pudo ver una figura en mitad del hielo, sentada sobre una silla. La bruma, acompañada por la nieve le entorpecía su visión. Colocó el primer pie lentamente sobre el hielo, con sumo cuidado; pero en cuanto hubo comprobado que la placa era lo suficientemente resistente, aceleró su ritmo. En un vistazo, vio como su perseguidor frenaba en la orilla, pero de repente, sacó una pistola de su bolsillo y comenzó a disparar contra César Giralt, pero por suerte, ninguna de las dos balas le impactó. Intentó sacar su arma para devolverle el envite, pero se dio cuenta de que no la llevaba con él. Fue en ese momento cuando la figura que aguardaba en el centro del lago, a unos cuantos pasos más de distancia, se reveló como una mujer.
—¡César! —gritó.
El inspector continuó corriendo mientras su perseguidor continuaba disparando desde la lejanía. Cuando hubo llegado hasta la posición de la mujer sentada, los disparos solo se oían en la lejanía.
—Él no puede entrar aquí —dijo Eva Giralt.
Su hermana estaba más joven de lo que la recordaba. Su pelo, largo y de color castaño caía sobre sus finos hombros, y sus puntas acariciaban la cara del bebé que sostenía en su regazo. Los ojos de Eva eran exactamente iguales a los de su hermano, salvo que sus pestañas eran ligeramente más largas. Sus cejas, sin embargo, eran algo más finas. Su nariz era corta y respingona, y su gesto rebosaba felicidad, como no podía ser de otro modo, puesto que acababa de ser madre.
—Silvia —dijo él, descubriendo al bebé con su mano derecha.
—Silvia Giralt —añadió ella. César le miró sorprendido. Su apellido no era Giralt, sino Capdevila.
—Él no puede entrar aquí -repitió.
—Lo sé —respondió mirando hacia la orilla, desde donde seguían proviniendo disparos, demasiado lejanos como para suponer todavía una preocupación.
—¿Quién es él, César? —Ella le tocó la mejilla con la mano derecha.
—No lo sé, Eva. No lo sé.
El inspector le dio a su hermana mayor un beso en la frente, y a la pequeña Silvia le tocó la nariz con su dedo índice.
—Claro que lo sabes, ¿quién es él, César?
Miró de nuevo a los ojos de su hermana. Le pareció estar mirándose en el espejo.
Entonces lo supo.
—Soy yo.
Sin un crujido que sirvieses como aviso previo, el hielo bajo sus pies comenzó a quebrarse. Él intentó mantenerse de pie, pero vio como Eva y su bebé caían por la gran grieta que se acababa de crear. Su hermana le imploró que salvase a su hija, pero cuando trató de acercarse a la grieta, un fuerte estruendo se oyó bajo sus pies. Era demasiado tarde, no pudo evitar caer al agua, pese a que sus uñas rallaron el hielo antes de caer.

El inspector Giralt


Espejo. 
Elevó el cuello ligeramente y comprobó que la longitud de su barba, en parte canosa, en parte oscura, comenzaba a ser alarmante incluso para su gusto.
Mañana
Agua fría. Se restregó los ojos para despegarse las legañas. Espejo. Dos palmadas en el abdomen.
Estoy engordando
Sonó el teléfono. Se trataba de un ring clásico, como no podía ser de otro modo en una persona de clásica apariencia. Mientras sonaba, sin ninguna prisa, se puso una camiseta blanca que yacía sobre el sofá como si fuese un cadáver. Al enfundársela decidió que el suavizante con olor a jabón de Marsella era, sin discusión, la mejor compra del mes. El teléfono continuaba sonando.
Deslizó su mano derecha por su frente hasta toparse con las raíces de su cabello, y una vez dentro de aquella maraña, la sacó hacia fuera por la zona del flequillo, con la vaga intención de peinarse. No surtió efecto, —el teléfono sonaba— pero al menos el pelo ya no estaba aplastado contra la cabeza, ya no parecía tan sucio. Sobre el sofá estaba también su chaqueta. Se miró de nuevo al espejo. Era sorprendente lo bien que le quedaba esa chaqueta negra —el teléfono continuaba sonando— sobre cualquier cosa, incluso sobre esa camiseta arrugada.
—Estaba saliendo —dijo finalmente al descolgar el auricular.
—Sí, seguro.
La voz del subinspector Gabriel Pérez era inconfundible.
—¿No empezaban hoy mis vacaciones?
—Todavía te quedan dos días en el infierno, y digo infierno porque ayer a última hora se rompió el aire acondicionado —cuando Gabriel Pérez hablaba, una extraña mezcla de seriedad y levedad flotaba en el ambiente.
—Voy ya.

—Tómate tu tiempo, llegas dos horas tarde.

Entró a la cocina para ver si las llaves estaban por ahí, pero no las encontró. Descubrió que desde la noche anterior, dormían debajo de una bolsa de patatas fritas vacía que desde hacía dos días se paseaba por aquel salón como un alma en pena, deseando ser juzgada por fin, y consecuentemente llevada al cubo de la basura. Sintió asco de sí mismo al comprobar que su apartamento volvía a ser un desastre. La limpieza del mes pasado era ya solo un vago recuerdo. Decidió que al regresar del trabajo recogería todo un poco. No lo hizo.

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La pieza invisible / Editorial Círculo Rojo
Ebook / Casa del Libro